El día después que la tierra tembló

Nadie te puede contar exactamente cómo es un temblor. En septiembre me tocó vivir dos.  No se cuánto tiempo duraron, pero se sintió como una eternidad de bamboleo bajo mis pies. Que si se mueve de arriba abajo es peor, que cuando oscila a los costados es menos peligroso. Una se vuelve experta en cuestiones sísmicas en minutos. Los que azotaron este año a México fueron duros y dejaron, además de secuelas, una lección que uno a veces olvida.

En el sismo del 7 de septiembre fueron afectadas ciudades como Oaxaca y Chiapas. Sucedió por la medianoche. Al día siguiente – lógicamente – fue la noticia más comentada en la oficina. Hacía rato no se movía la tierra con tanta intensidad. En mi barrio, al instante abrieron centros de acopio que aceptaban todo tipo de donaciones. Bolsas y bolsas de ropa, calzado, pañales, comida, agua, medicamentos, herramientas… todo lo que hiciera falta para reconstruir (se).

El del 19 de septiembre me tocó mucho más de cerca. Todo lo que cuentan en las noticias, sucediendo literalmente a 20 cuadras de mi casa. Ese día fue todo caos: el celular que no paraba de sonar con preocupaciones a la distancia, servicios cortados en varias colonias, fugas de gas, chequear que la gente que te rodea esté bien, alojar a un amigo porque su habitación no estaba apta y su edificio tenía que ser revisado, dormir con un ojo abierto por miedo a las réplicas. Y al día siguiente recorrí mi barrio y me largué a llorar de la impotencia. Cómo entender que el edificio por el que pasás para ir a la confitería de siempre está enteramente venido abajo, con gente adentro. Que hay que demoler tantos otros porque corren riesgo de derrumbe inminente. Que el número de personas muertas o desaparecidas sigue subiendo. Que una escuela atrapó niños.

puñp levantado

Sin embargo, la contraparte de tanta desolación es la ayuda: manos y manos colaborando en lo que se pudiera. Uno ofrecía su camioneta para llevar cosas a zonas lejanas, otro etiquetaba los víveres en diferentes categorías, cadenas de personas descargando todo lo que sea de utilidad, otros traían comida para los rescatistas, algunos prestaban su casa para que los que se quedaron sin luz cargaran el celular y pudieran comunicarse, restaurantes ofrecían comida gratis a todos los que íbamos a ayudar. La calle era un mar de gente dispuesta a acercarse sin mas, con la necesidad de aportar para aquellos que habían perdido todo en minutos.

Aprendí que alzar el puño cerrado es señal de silencio, de esperanza, de escuchar un sollozo y saber que aún hay alguien con vida por debajo de los escombros y puede ser rescatado con éxito. Destrozos sí, pero también reacción rápida y desinteresada de los ciudadanos que se ofrecían como voluntarios ante cualquier tarea. Ahí donde el Estado siempre falla, están las personas. Mis amigas me pedían fotos, no pude sacar ninguna. No sabía qué me impactaba más: si los edificios caídos o la cantidad de gente convocada allí por su propia humanidad.

Una compañera del trabajo me contó que en el centro de acopio donde estaba recolectando comida, una nena dibujaba corazones en los envases de leche que se repartían “así les llega algo de amor a los que la están pasando mal”. El día después del temblor te deja con paranoia, siempre atento a que vuelva a sonar la alerta sísmica. Pero también con nenas que dibujan esperanza a un pueblo que se cayó una vez y que, poco a poco y entre todos, vuelve a levantarse.

#FuerzaMéxico

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