Iemanjá

“Mamá cuyos hijos son como peces”  

Fue en uno de los primeros viajes a Brasil, asumo que rondaba los 7 años. Dimos un paseo por la playa a poco tiempo de caer la noche, y a las orillas del mar, una multitud vestida de blanco reunida. Cantaban algo, indescifrable.  Bailaban y daban alabanzas a – no sé – algo muy adentro del mar que no conseguía ver, mucho menos entender. Y bueno, tenía 7 años.

Hombres, mujeres, chicos, todos reunidos frente a un inmenso y oscuro océano que rugía y sacudía las aguas con una fuerza descomunal.  Las mujeres llevaban flores, algunas encendían velas, otras traían frutas y comida. De a poco fueron cargando todas las ofrendas en unos bellos y delicados altares flotantes que jamás había visto. La música se aceleraba y con ella la energía de todos ahí. Tampoco jamás había visto nada de lo que ocurría entre esas personas, era inexplicable, incomprensible para esa niña.

Esa ceremonia, que puede ocurrir los últimos días del año o los primeros días de Febrero, no era más ni menos que, la celebración a Iemanjá (Yemanyá), diosa del mar y las aguas.

Iemanjá es un Orixá, una divinidad asociada a la figura de una Virgen en el cristianismo, conocida incluso como la Virgen de mar, debido a un ‘sincretismo’ que se arrastra desde la época de los esclavos.

yemanya

Durante muchos años los cultos afro estuvieron detrás del catolicismo porque quienes los practicaban llegaron a América como esclavos. Para mantener viva su memoria religiosa los esclavos escondían un Orixá detrás de los santos católicos. Y así, cuando hablaban de algún santo en realidad estaban rindiendo culto a sus propias deidades.

La majestad de los mares, señora de los océanos, la sirena sagrada, reina de las aguas, regente absoluta de los hogares, protectora de la familia, es adorada como madre de casi todos los Orixá.

Durante la celebración la gente le realiza ofrendas, y aprovecha para hacer pedidos o agradecimientos a la deidad. Las playas se colman de personas que tiran sus regalos al mar.

Bastaron unos cuantos años para reencontrarme con esta ceremonia. Durante ese culto umbanda/candomblé a la diosa del mar, aquel recuerdo de mi niñez parece cobrar más sentido.

En las barcas junto a esas flores, frutas y hasta perlas – porque como toda mujer coqueta le gusta lo delicado y lo bonito – cargaré también mi fé en sentirme pez hija de su madre. 

 

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