EL DINERO NO ES TODO, AUNQUE AYUDE

Hace un par de años mi amigo Daniel Schteingart me propuso colaborar con él en un trabajo que estaba escribiendo. Tratándose de un sociólogo desarrollista, pensé que me iba a hablar de cosas como la importancia de la industria o el gasto en investigación científica para el crecimiento de los países (temas en los que es uno de los mayores expertos jóvenes del país), pero no. Me la cambió de palo completamente al proponerme escribir sobre algo llamado “economía de la felicidad”, o “happynomics”, para los amigos. Sí, eso, los economistas a veces hablamos de felicidad.

No hay mucha novedad en decir que solo por tener más dinero o mayor bienestar económico una persona no necesariamente va a ser más feliz. El problema es que esa sentencia obvia no dice mucho sobre cómo avanzar. ¿Cómo podemos saber qué hace feliz a la gente? ¿Acaso el crecimiento económico no tiene ningún impacto sobre la felicidad de una sociedad? Suena exagerado. Si hay crecimiento económico, ¿todo lo demás no importa? Suena igual de exagerado. La verdad debe estar en algún lugar intermedio y no es obvio por dónde hay que entrarle al asunto. Nosotros elegimos trabajar con algo que se conoce como “bienestar subjetivo” o bien “felicidad autorreportada”. ¿Querés saber qué tan feliz es una persona? Bueno, hacé algo fácil: preguntale.

Efectivamente, existen encuestas que hacen eso, le preguntan a la gente qué tan feliz es. Una de ellas es la World Values Survey, que no solo se lleva a cabo en todo el mundo, sino que además releva muchas cosas más, de modo que sus resultados sirven para analizar muchos aspectos del fenómeno. Y eso hicimos. Investigamos cuánta influencia tienen sobre la felicidad de una persona variables tradicionales como género, edad, nivel educativo y condición ocupacional. Y después fuimos por más. Nos metimos con variables más polémicas, por así decirlo.

Primero analizamos el impacto del ingreso monetario. ¿Los ricos son más felices que los pobres? Spoiler alert: sí. Pero eso medio que ya lo sabíamos, ¿no? Vayamos a cosas menos obvias. Quisimos cuantificar el impacto sobre la felicidad humana de la temperatura de los lazos sociales. ¿Y eso? Bueno, resulta que muchos sociólogos clásicos han sugerido que la satisfacción de una persona con su vida tiene mucho que ver con qué tan vinculada se siente a su comunidad. La familia, los amigos, el trabajo, la religión, la política, son todas formas en que un individuo se vincula con la sociedad y forja lazos que tienen una importancia subjetiva para él o ella. ¿Es posible que en los países donde esos lazos son más fuertes (“calientes”) las personas sean más felices que allí donde son más débiles (“fríos”)? Esa fue la pregunta principal que tratamos de responder. Y los resultados, al menos a mí, me parecen muy pero muy interesantes.

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Ramadán, una de las fiestas más religiosas, más convocantes del mundo y cuyos efectos sobre la felicidad individual han sido validados científicamente. 

Un primer resultado fundamental tiene que ver con la religión. O mejor dicho, con la religiosidad de las personas, que no es lo mismo. Resulta que esta variable es muy importante, la religión tiene un efecto positivo muy grande sobre la felicidad humana en todas partes del mundo. Un resultado que puede incomodar los preconceptos de científicos ateos como Daniel y yo, pero que coincide con lo que han encontrado otros analistas en diversas ramas de la literatura. Participar de una religión implica vincularse con personas que comparten creencias, costumbres y valores con uno, lo cual permite forjar vínculos sociales fuertes. Y eso, al parecer, pesa tanto en la felicidad de las personas como el ingreso monetario.

También hallamos que no siempre las sociedades más “modernas” o “liberales” son más felices. La libertad individual ciertamente nos parece un atributo positivo, pero al parecer muchas veces viene ligada a mayor individualismo, aislamiento y debilidad de los lazos sociales. Y eso, quizás paradójicamente, vuelve a las personas menos felices. Así que sí, hay que asumirlo, los ateos que estamos a favor de la legalización del aborto, la despenalización de las drogas y la libertad de tener una pareja homosexual quizá seamos menos felices que los religiosos conservadores que están en contra de todas esas cosas. Y no es porque esas cosas sean malas en sí mismas, sino porque las sociedades que se resisten a aceptar todo eso son, quizás paradójicamente, las que mantienen a sus miembros más unidos entre sí.

Estos resultados son atractivos porque sirven para explicar por qué unas sociedades son más felices que otras, al menos en términos subjetivos. Noruega, Canadá, Suiza y Gran Bretaña son países con niveles de felicidad muy altos, pero eso no sorprende a nadie, ¿no? Al fin y al cabo, son muy ricos. Pero no todos los países ricos son igual de felices: Japón, Corea del Sur y Hong Kong tienen niveles de ingreso similar pero con mayor aislamiento social e individualismo, lo que se traduce en menor felicidad. ¿En qué otros países la gente es “poco feliz”? Bueno, un ejemplo son los ex-URSS, países donde la población es poco religiosa y donde un evento ciertamente traumático como lo fue la caída del régimen soviético golpeó muy fuerte a los lazos sociales que unían a las personas. En cambio, sí se encuentran niveles de felicidad muy altos en países poco desarrollados como Pakistán, Turquía, Malasia y Tailandia, sociedades bastante conservadoras en muchos aspectos.

Y por casa, ¿cómo andamos? Bueno, ahí también hay algo interesante para contar. Sucede que América Latina es la región más feliz del mundo. Sí, así como lo leen. Parece ser que acá se vive muy bien. Algunos pensarán que es por el clima templado (lejos de los duros inviernos del norte del mundo), otros lo atribuirán a la alimentación o a la popularidad del fútbol y (entre los amigos, al menos) nunca falta quien reflote la vieja idea de aquí la gente es físicamente más linda. Algunas de estas ideas tienen fundamento científico, otras no. Pero nuestro trabajo apunta en otra dirección: nosotros creemos que América Latina es un término medio interesante. No es de las regiones más pobres del mundo, aunque tampoco es muy rica. Pero “lo que falta” en ingreso o desarrollo económico, “viene compensado” en lazos sociales fuertes, creados al calor de sociedades poco individualistas (y también bastante conservadoras) donde la familia, la religión y otras instituciones tradicionales aún tienen un valor social importante.

¿Eso quiere decir que para ser más feliz hay que empezar a creer en una religión y reclamar que se ilegalice el matrimonio entre personas del mismo sexo? Ciertamente no. De hecho, en nuestra visión, no se trata de decisiones individuales, sino sociales. Es poco factible que alguien súbitamente cree lazos sociales fuertes solo por tomar decisiones de ese tipo. La clave, en cambio, radica en comprender que para que las sociedades humanas vivan mejor no alcanza solo con que sean económicamente más prósperas (con todo lo importante que ello innegablemente es). También es necesario que seamos más humanos entre nosotros.

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