El RITUAL QUE SE ACTIVA CON UNA HORNALLA

Fueron las pibas las que me enseñaron lo que es el mate. Y por las pibas me refiero a mis amigas de Palomar. Ellas sí que la tienen clara con lo que quiere decir “juntarse a tomar unos mates”. Dominan a la perfección esa y otras artes. El agua: jamás debe hervirse. La bombilla: se pone con la yerba seca, después no se toca más. Si decís “gracias”: quien te ceba el mate asume que ya no tomás más.  La ronda: siempre se respeta. Azúcar: un poco puede ser, pero no te zarpes. Y así se suman una serie de códigos y tradiciones que fui conociendo por mis amigos de Palomar.

Para mí el mate es amistad. Mate y soledad nunca se juntan. Siempre por mis pagos es mate + llama + amigos. Puede haber música, partituras o improvisaciones,  ser de noche o de día, que seamos muchos, o pocos.

Ir a Palomar es, y seguirá siendo, sinónimo de “Negra, hacete unos mates”.  Esas son las palabras que dan comienzo al ritual del encuentro. Se larga el convite improvisado y nos ponemos al día, sin vueltas y directo.

Encendedores van y vienen a la mesa. En el camino de la hornalla al cenicero  siempre alguno se pierde. Nos divertimos con acusaciones infundadas “vos siempre te llevás mi fuego”… pero ahí nomás al ratito, vuelve a aparecer… nunca nadie se lleva nada. Lo que sí se pierde, y sólo por un lapso es el propio mate. Se pierde entre las manos del narrador enfervorizado. Queda atrapado por más minutos de lo permitido en las manos del que olvida una de las premisas principales. En la ronda, el mate se toma y se pasa. Sin tanta dilación. Pero siempre se la perdonamos. Porque su revolución interna hace que por unos minutos su mente sólo pueda abocarse a contar las novedades, y además, bien sabemos que eso nos puede pasar a cualquiera.

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Nos escuchamos. Nos metemos en el desorden ajeno. En sus historias y sus mambos. Nos dejamos llevar por esa tormenta de realidades a la que le dimos comienzo con una simple pava en una hornalla. La amistad de los orígenes tiene eso. Aunque no nos veamos las caras ya bien sabemos quiénes somos y qué necesitamos. A veces con escucharnos y mirarnos, ya nos es suficiente.

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Y casi siempre terminamos con una vuelta de música, con la noche ya sumada entre nosotros. Sorteamos ese punto de inflexión y nuestros problemas se hacen más livianos, sin proponérnoslo, mirándonos y escuchándonos, entre todos. Nos secamos las lágrimas que no necesitamos llorar y nos robamos las risas que esperaban con ganas sumarse al fuego, esa ronda que termina en noche y cervezas, pero que empezó con una pava. Como dice esa gran banda, hija de Sumo y también oriunda del Palomar, nos damos vuelta de tanto amor.

Termina la noche y nunca nos vamos igual que como llegamos

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A mis amigos de Palomar, que siempre están. Con sus mates y sus rituales

 

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