BAJAN (Y EL DÍA SE SIENTA A MORIR)

Escuché esta canción muchas veces con la dulzura de Spinetta y Pescado Rabioso, y otras tantas en la versión de Cerati. Y me aventuro a decir que seguramente la canté en más guitarreadas de las que se me vienen a la memoria mientras escribo. En este juego de asociación libre que vengo disfrutando hace un tiempito, pienso que esta canción melancólica refleja perfecto mi temple nostálgico, un poco tanguero por decirlo de alguna manera. Unos meses atrás leí  “La nostalgia feliz” de Amelie Nothomb, escritora belga criada en Japón y me llamó la atención la explicación para este oxímoron que da título a su novela: la autora nos dice que en Japón existe la noción de natsukashii para lo que en occidente no tenemos nominación, sería ese “momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura“. El atardecer, el ocaso, es corrientemente asociado con lo que se va, lo que termina, lo que se desvanece. Para mí, es el momento privilegiado para sacar fotos y el que más me inspira. Por suerte, desde mi balcón se ven atardeceres que son pinturas. Son mis instantes preferidos: miro las formas y colores de las nubes, los edificios y sus antenas que flotan recortadas contra el cielo naranja, violeta, lila, o fucsia, o las nubes amenazantes del cielo rojo ceniciento. Tengo un álbum de fotos llamado “cielitos lindos”. Mi colección de cielos, por decirlo de alguna manera. Como si se pudieran acopiar y amuchar en un solo lugar para recurrir a ellos en esos días difíciles. Una suerte de botiquín de emergencias para días tristes. Porque si hay algo que me producen los cielos del atardecer, contrariamente a la asociación con la melancolía, es una profunda sensación de felicidad. Por estar ahí, en mi balcón, observando como la pintura del ocaso muta aceleradamente, y hace que me vengan ganas de salir a abrir otras puertas, de moverme. La sensación de que todo está por venir y comenzar, y el impulso de seguir buscando, que late con las luces de la noche que se encienden y con la luna que nace. Que como todos sabemos, no sólo tiene carita si no que, a veces, pareciera que nos guiñara un ojo.

 

 

 

 

 

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