MENÚ DEL DÍA: SABORES QUE TRANSPORTAN

Entrada: chinchulines

No hay asado que se precie de tal si faltan las achuras. Esos 15 minutos previos a que la carne esté en su punto justo -o más o menos cocida, depende del gusto de los comensales- son siempre motivo de empezar a “picar algo”. Puede ser un quesito o salame, pero en general suele ser más carne (porque nunca hay suficiente).

El chori es infaltable y casi nadie le dice que no. La morcilla fría o caliente, todo vale. Las mollejas en casa eran el tesoro más preciado. Mientras mis primos y mi hermana peleaban por la última porción, yo me entretenía con los chinchulines.

Plato principal: sorrentinos de jamón y queso

En los domingos de lluvia y reunión familiar ganaba el gen italiano. Mamá madrugadora iba a la casa de pastas de la esquina a encargar todo: sorrentinos de jamón y queso para mí, mi hermana y mi cuñado, ñoquis de verdura para ella y la abuela. Alguna mañana la he acompañado. El señor del mostrador siempre amable y dispuesto, con las manos llenas de harina, atendiendo todos los pedidos del barrio. De esos que les pedís un kilo y te dan de más, con sonrisa incluida.

Nunca vi a nadie amasar en casa, pero sí hacer la salsa blanca más rica del universo, horas de revolver para que no tenga grumos. El pan, complemento infaltable de unas ricas pastas, lo traían de Quilmes.

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Cuando fui de visita a Buenos Aires en diciembre pedí, como no podía ser de otra manera, pastas

Postre: Flan casero

Desde que tengo memoria, mi abuela paterna hace flan como postre obligado de todas las reuniones. Nunca un arrollado, o torta, o alfajorcitos de maicena. Día de la madre, del padre, pascuas, ir a votar, algún cumpleaños… todo se terminaba con un flan con dulce de leche y crema, como corresponde.

El olor a caramelo me enloquece, tanto que siempre me quedaba viendo como la nona lo hacía, el azúcar cristalizando y yo tratando de robar un poco sin quemarme. El flan en cambio, no me gusta. Y creo que es algo que mi abuela – quien recibió todos los elogios por su postre – nunca pudo superar. A la hora de servir el flan, no faltaba oportunidad de que me preguntara “viki, ¿vos lo querés con crema, dulce de leche o ambos?”. No se trataba de una cuestión de edad y olvidarse los gustos de la nieta menor; yo creo que muy en el fondo tenía la esperanza de que algún día le dijera que sí, que iba a probar su flan de una vez por todas para luego pedírselo en cada reunión como hacía mi hermana. Es una deuda personal que algún día voy a saldar.

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Foto destacada: Signe Bay

www.signebay.com/#visual-storyteller

 

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