LA MEDITACIÓN SE DESCUBRE MEDITANDO

Desde hace casi un año puedo decir que me siento a meditar todos los días. Antes lo hacía pero con menos periodicidad, una, dos o tres veces por semana como mucho. Estoy contento con mi logro. Pude establecer una rutina que ya no me genera un esfuerzo de voluntad excesivo. Al contrario. La disfruto y espero ese momento del día que me tomo para mí o, mejor dicho, para trascender, flexibilizar o dejar ir, por un momento, la idea que tengo sobre mí. Sí, ya sé, suena raro esto último. Pero todos tenemos más o menos una idea de quiénes somos con la cual nos identificamos, casi de manera inconsciente. Una identidad subjetiva, algo que creemos que somos y que llamamos “yo”. Y está muy bien que así sea, de otra manera no podríamos accionar concretamente en el mundo.

Las tradiciones de sabiduría orientales en general señalan que cada vez que nos identificamos con algo, es decir, creemos profundamente que somos de alguna forma determinada, probablemente casi sin darnos cuenta, nos estamos atando a nosotros mismos a una parte pequeña y fragmentada de lo que realmente somos, y el resultado de eso es el sufrimiento. Por ejemplo, puede suceder al identificarnos fuertemente con nuestro cuerpo, con nuestros pensamientos, con creencias, con nuestros deseos, con un rol particular, un trabajo, una forma de ser, o hasta con un perfil en una red social (y la lista continúa). Esto nos hace pensar, entonces,  que la vida sin sufrimiento no es posible. Como dijimos antes, necesitamos tener una idea de quiénes somos y estar en cierta medida identificados con distintos roles y características para operar en el mundo y, fundamentalmente, con nuestro deseo como energía creadora. Pero también podríamos pensar que a mayor rigidez e inconsciencia en esa identificación, el sufrimiento aumenta. Y ahí es donde me vengo dando cuenta, a través de la experiencia, que la meditación tiene algo muy útil para aportar en una primera y larga instancia.

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Ilustración:  @selvaana

En mi práctica, vengo experimentando una especie de juego/entrenamiento que sucede de la siguiente manera: bajo las luces de mi casa, prendo un sahumerio o quemo palo santo,  me siento en un almohadón tipo zafu con la columna recta como si dos fuerzas opuestas actuaran en simultáneo en mi cuerpo, una tirando hacia arriba desde mi cabeza y otra hacia abajo desde mis isquiones apoyados en el almohadón, elijo alguna técnica o tipo de meditación de las que conozco para realizar ese día, activo la app del teléfono con la que controlo el tiempo y, apenas escucho el sonido del cuenco que sale del parlantito del celular, comienzo a inhalar y exhalar por la nariz. Automáticamente entro en un estado espiritual y de éxtasis donde todo lo que me rodea es luz y el tiempo parece detenerse…

No, mentira. Perdón. La verdad es que los pensamientos comienzan a aparecer uno tras otro, casi a más velocidad de lo que aparecen cuando no estoy meditando. Trato de observarlos pasar, pero enseguida me engancho con alguno y me encuentro ensoñando y muy tomado por la trama de ese pensamiento. Hasta que de repente, la respiración, o el mantra que estoy cantando, o algo, me hace acordar que estoy meditando y me salgo repentinamente de ese pensamiento. Momento clave, ¡importantísimo! Me acabo de dar cuenta de que estaba perdido en un pensamiento (sucede similar con una emoción y hasta van un poco juntos) y de repente me percato que pude salir de él y continuar lo que estaba haciendo con más conciencia en el aquí y ahora. Es decir, sigo meditando, inhalando y exhalando conscientemente. Todo esto por unos minutos o segundos hasta que me vuelvo a perder en otro pensamiento de los que siguen apareciendo constantemente y otra vez lo mismo.

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Me da la impresión que en los primeros -muchos- años, la meditación es esto. Sí, este ejercicio que casi aburre más que ir a misa. Este exhaustivo entrenamiento de poner una y otra vez la mente y el cuerpo disponible a lo que sucede en ese momento preciso y presente. Pero lo extraordinario que vengo comprendiendo desde que me siento a meditar todos los días, es el efecto concreto de este ejercicio, que me permite visibilizar y flexibilizar patrones de pensamientos, ideas, creencias y lograr, por consiguiente, una relación más amable conmigo mismo. Y por lo tanto con los demás. Me esta ayudando mucho a no enroscarme demasiado con cuestiones que creía muy importantes en mi vida y a relajar cierta rigidez en las relaciones. A la vez, se me hace más blandita la idea de que tengo que hacer esto o debo hacer lo otro en la vida para “ser alguien”, y aparecen muchas más posibilidades que abren juego. Definitivamente logro bajar mi nivel de ansiedad y puedo observar mejor lo que me sucede y fundamentalmente lo que quiero. Primero viendo y luego comprendiendo con mayor claridad qué ideas, creencias o emociones están actuando en las decisiones que voy tomando. De más está decir que esto no me sucede todo el tiempo por más que medite lo que medite. Y mucho menos me da la solución a los problemas que tengo. Para entender, resolver y accionar está la terapia, que funciona como complemento ideal de la meditación. Y viceversa.

Entonces, si tomamos la idea oriental de que la identificación con cualquier cosa que sea, viene de la mano con el sufrimiento y que eso es inevitable, puedo afirmar convencido que meditar, al menos por ahora y para mí, es un entrenamiento válido y eficaz para llevar conciencia y flexibilizar esas identificaciones en las que caigo y no suelo darme cuenta por el ritmo de vida que llevo. Por lo tanto podría concluir, siguiendo este razonamiento, que a mayor conciencia menor sufrimiento.

– Martín Pato, Cofundador y facilitador del Proceso Dip

 www.procesodip.com

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