LO MÍO ES PASAR

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”

Cuando era chica las canciones de Joan Manuel Serrat resonaban con fuerza en los rincones de mi casa. De todas sus letras, aquella fue la frase que más guardé, aunque en un principio no sabía qué quería decir sentía que decía mucho. Y ya luego, cuando la pude entender, la apropié.

En el 2014, mi camino era uno muy normal, tan monótono que, para mí, rozaba lo aburrido. Las horas se contaban entre el trabajo, la preparación de mi tesis y los fines de semana en San Nicolás, porque soy nicoleña, me mudé a Buenos Aires antes de mis años 20 y sin querer le di paso al movimiento que se volvería una constante.

De afuera, tenía todo lo que podía esperarse de una mujer de casi 30 años: un ¿buen? trabajo, a un paso de graduarme como Licenciada en Comunicación, vivía sola, tomaba clases de baile, me rodeaba un grupo de amigos increíbles. Pero fiel a lo único que aprendí sin que nadie me enseñase, yo cuestionaba todo, porque aun con este precioso panorama, en el fondo, yo seguía aburrida. Cómo no estarlo cuando fuera de las fronteras, fuera de mi mundo, fuera de mí misma había mucho más.

Sí, quizás viéndolo ahora, yo era una inconformista. Pero había algo que me extasiaba de felicidad, algo que me sacaba del agujero monótono que me ahogaba, ese famoso verbo al que aprendí a conjugar incluso en los tiempos verbales en desuso: viajar. Y aunque nunca quería volver, siempre lo hacía porque el statu quo era muy fuerte y puede que hasta mi colchón muy cómodo.

A principios de 2014, me fui de viaje por Europa central y Europa del este. Viajé -como lo hice durante mucho tiempo porque era la única forma que conocía- sola. En ese viaje me quise desestructurar, no puse fechas, ni elegí lugares. Me quedé en casa de gente que conocía otra gente, confié en desconocidos, llegué a lugares donde no podía hablar en español ni en inglés. Me solté, y solté los miedos y las dudas por ser mujer… por ser mujer y viajar sola… por ser mujer, viajar sola y no querer volver.

Durante ese mismo viaje, mi gran amiga y compañera de tesis, andaba por otro lugar en el mundo, y me sedujo con un “encontrémonos en Estambul”. Hoy admito que su gran amor por esa ciudad no me tocó la fibra por más que lo intentase, lo que me convenció fue la oportunidad de ver con mis propios ojos un poco de aquello que llevábamos casi dos años escribiendo.

Nuestra tesis buscaba rescatar el papel de las mujeres de Medio Oriente del lugar circunscripto y estereotipado que se las da en Hollywood. Por aquel entonces yo coqueteaba, cada vez más fuerte, con teorías feministas y devoraba libros sobre Orientalismo, la teoría queer y los límites del género. Así fue como, con todo eso en la cabeza, el 1 de mayo a las 8 pm llegaba a la ciudad más importante de Turquía, que me recibía sumergida en gas y balas de goma. Pero aun así, solo le bastó un día para seducir mi corazón y tres en convencer a mi cabeza, metodología turca aplicable a muchas otras cosas como lo averiguaría después.

Estambul no era el camino más convencional, como muchos me cuestionarían luego, pero sus mezquitas, sus puentes, su gente, eran alquimia pura y mi camino necesitaba de sus calles. A fines de mayo regresé a la Argentina y comencé la difícil tarea de ser paciente… me mudaría a Turquía. El aburrimiento se había difuminado para darle lugar a la excitación, al miedo a lo desconocido del cual, confieso, no costó mucho volverme adicta.

IMG_4248

Una vez graduada y con título de la UBA en mano, me puse en campaña en lo que fue mi mejor y más dedicado trabajo: irme. Renuncié a mi puesto laboral, puse en venta todo lo que tenía de las puertas para adentro. Hubiera vendido las paredes también, de haber sido mías. Contacté una fundación, clave en mi llegada y en mi cuasi huida de Turquía, donde debía realizar una práctica de 6 meses para la Women´s Platform, compré los pasajes con la idea de regresar en marzo del año siguiente, y el 26 de septiembre entre lágrimas de muchos y las sonrisas de pocos (sobre todo la mía) dije nos vemos.

Antes de llegar a Sao Pablo, una tormenta me regaló un memorable ataque de pánico coronado con un llanto imparable. Una azafata tuvo que asistirme varias veces para calmarme pero, cómo le explicaba que desde muy dentro yo me gritaba “¿qué hiciste?”.

En mi primera noche en Estambul, me senté en la cama y envolví las piernas con mis brazos, en frente de mí tenía mis tres valijas. Pensé: “Eso es todo lo que tengo, eso y 3.000 dólares”. Pero lo que esa conclusión pudo haber despertado, fue rápidamente sepultado por el sueño.

Lo que empezó con una aventura de 6 meses se extendió a una vida de dos años. Estambul fue mi mejor decisión, porque mi Estambul de mujer, pero sobre todo de mujer sola, le rompió a más de uno los esquemas. ¿Y a mí? A mí me substrajo, me enseñó, me transformó. Me hizo militante y mejor feminista, porque incluí en mi más apasionante tópico el amor por las religiones. Me hizo mejor en la condición que más me enorgullece, el de ser mujer. Una mujer que luchó contra conceptos propios y apropiados, una feminista y militante en un país laico en papeles pero musulmán en las calles. Te puedo contar lo que sé, pero más, lo que vi en este camino que empezó en Estambul y que espero que todavía tenga mucho por andar.

2 comentarios en “LO MÍO ES PASAR

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s