LA OTRA PUNTA DEL MUNDO

Me ha pasado de escuchar, muchas veces, la expresión ‘en la otra punta del mudo’; me pregunté, también muchas veces, dónde será que queda la otra punta del mundo; y, en un ataque de aventura, me dispuse, sin proponérmelo, a encontrarlo.

Es así que terminé viviendo 11 horas en el futuro (la temporalidad es algo que no deja de sorprenderme), inmerso en donde no existen las estaciones tal como las solemos conocer, en la isla que fue denominada la de los dioses: Bali.

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Solemos admirar, en las personas, la capacidad de ser constantes, tanto en los modos, como en la manera de conseguir algún objetivo; eso mismo fue lo que me sorprendió de esta isla indonesia, su constancia.

Constante en su clima. Todas las mañanas le decía a mi reflejo en el espejo “salgo de remera y shorts pero llevo en la mochila un paraguas y un impermeable por las dudas”, todas las mañanas era consciente del calor pesado y húmedo, tanto como de las grandes probabilidades de lluvia. Tenía la certeza – de esas seguridades en las que descansamos – de que todos los días iba a hacer calor y de que todos los días podía llover. Constante.

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Constante en las costumbres y tradiciones. Con mucho miedo de pasar por irrespetuoso, caminaba despacio, prestando especial atención en dónde ponía mis pies; las ofrendas distribuidas a lo largo de las calles y veredas son sagradas, mis intenciones de no patearlas también. Con mucha calma y casi como si fuera caminando descalzo, me acercaba a los templos (a algunos al menos, sabiendo que hay un templo por casa no iba a poder conocer todos), en especial a aquellos más escondidos, y me sentaba simplemente a estar presente junto a quienes se acercaban todos los días a rezar, sorprendiéndome de lo suave que puede ser la brisa con olor a sahumerios.

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Ya cuando el sol iba cayendo, el cielo rojizo parecía llenarse de pájaros pero, con la serenidad adquirida, uno podía perderse en ellos y darse cuenta de que eran barriletes (guau, Cometas en el Cielo, de repente todo tuvo otro color) que habían estado volando, probablemente, todo el día. Algunas noches me animaba a escuchar el silencio y podía distinguir un a dos voces entre el romper de las olas y el zumbido de aquellos magníficos alados.

Todos los días un templo distinto, gente distinta y probablemente aves distintas se mezclaban con la misma paz, la misma presencia y el mismo cielo pintado. Constante.

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Constante en su expresarse. Tengo que confesar que estoy muy acostumbrado (y me siento muy cómodo en esa seguridad) a esto tan gestual y cercano que tenemos los argentinos. El abrazo más bien largo y el beso son moneda corriente en mi día a día, y descubrirme solo en eso me descolocó. Con los días uno puede empezar a notar, sin embargo, que, a su manera, también son muy gestuales y que eso – en y para ellos – tiene mucho valor.

Fui muy amigo del celular que me ayudaba a comunicarme, aunque había cosas que no podía traducir y, a decir verdad, tampoco hacía falta. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba perdido en miradas de completos desconocidos que me sonreían deseándome todo bien en lo que duraba una pequeña reverencia; cuando me quise dar cuenta, yo sonreía llevándome las manos al pecho con la esperanza de manifestar que esa sonrisa salía desde lo más profundo de mí; cuando me quise dar cuenta, me respondían con las palmas abiertas y vacías, como diciendo que eso era todo lo que hacía falta, y efectivamente así lo era.

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Ante una pobreza inminente y desesperanzadora, carteles con instrucciones ante tsunamis que hablan de historia, y una separación división social tangible, todos y cada uno supo responderme con una sonrisa, un par de manos pegadas y una pequeña reverencia. Constante.

Del viaje hacia el más allá no se puede volver siendo el mismo. Tal vez me crucen hoy, de nuevo en mi presente y entendiendo mejor cómo funciona el sistema meteorológico, llevándome las manos al pecho, guardando o sacando. Tal vez me crucen preguntándome si eso también será constante, incluso en el vaivén de la vida.

Tal vez me crucen y noten algo de la otra punta del mundo.

– Sebastián Vera

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