La Ciudad Te Vacía, La Naturaleza Te llena

Hacía unos días había llegado de Australia después de haber vivido 1 año muy intenso de estudio, trabajo y mucha aventura. De vuelta en Buenos Aires, me había encontrado con una amiga y estaba feliz de volverla a ver después de tanto tiempo. Me sentía rara. Una incomodidad a la que traté de no prestarle atención. Charlamos, vimos fotos, pero la molestia se hacía cada vez más grande. No entendía lo que me estaba pasando. Me despedí y fui a tomar el metro. Cuando estaba a punto de cruzar una avenida, sentí que me estaba por desmayar: las piernas me temblaban, las manos me transpiraban, el corazón me latía fuerte. Llegué a comprarme una Coca Cola pensando que la inyección de azúcar evitaría el desmayo. Y así fue, no me desmayé. Pero me había invadido un miedo irracional que no me dejó cruzar la avenida. Me quedé paralizada sintiendo que me estaba volviendo loca. Estaba teniendo mi primer crisis de ansiedad. Y con esa crisis, empezaban los años más dolorosos, frustrantes y limitantes de mi vida. Una escalada de ataques de pánico, ansiedad y agorafobia, el miedo a transitar espacios abiertos, me acorralaron a niveles extremos de un vuelo de terror.

A partir de ese momento, nunca más iba a volver a ser esa persona que había sido hasta los 25 años. Entraba en un proceso de autoconocimiento profundo y en el umbral de descubrimiento de un incierto nuevo yo. Años de terapia con medicación, yoga, meditación, constelaciones, mindfulness, Core Energetics, Reiki, Kabalah, coaching personal, y más terapia, y más yoga y más meditación. Y una combinación de varias terapias al mismo tiempo.

La Ciudad Te Vacía. La Naturaleza Te Llena.

Una de mis pasiones siempre fue viajar. Empecé a los 16 años sin parar. Sola, con novio, en familia, con amigos. Conocí algo de varios países con sus diferentes culturas. Y lo alucinante de viajar es que cada lugar en el mundo te va dando la señal de cuál va a ser el próximo destino.

En el golfo de México, los mexicanos me explicaban orgullosos que tenían la segunda barrera de corales más grande del mundo. “¿Y la primera dónde está?”, pregunté. “En Australia”. Esa fue la señal que me llevó a conocer la barrera de corales y la isla más grande del mundo. Si alguien me preguntase cuándo fue la primera vez que me enamoré, diría que mi primer gran amor lo tuve de un flechazo a primera vista:

Me enamoré de la naturaleza.

naturaleza

 

Me llené de toda su magia para toda la vida en Australia, Nueva Zelanda y la isla de Tasmania.

Un año de aventuras con canguros, koalas, víboras, tarántulas, peces de todos los colores, cacatúas, manatíes, tiburoncitos, aguas vivas, tortugas de agua, delfines, lagartos, estrellas de mar, pulpos… fue como haber escrito mi propio diccionario de vida que todavía sigue teniendo vigencia referencial de autoconocimiento y supervivencia, porque la experiencia de haber interactuado con cada ser vivo, dormir en la selva, navegar en cruceros de regata, comer cocodrilo, atravesar tormentas en el océano, bucear, hacer parasailing, despegar y aterrizar en los corales en un avión acuático, escalar montañas, nadar desnuda en las playas de Byron Bay, amanecer en la playa, viajar a dedo 3 mil kilómetros de costa… y algunas cositas más, me hicieron conocer niveles de adrenalina, miedo, felicidad, amor incondicional y plenitud que nunca antes había experimentado. Y descubrir mi capacidad infinita de reírme a carcajadas.

Viví en el campo plantando tomates y zapallos, enseñando español a australianos. Y en la ciudad trabajando en tiendas de ropa europea en las galerías más prestigiosas del Queen Victoria Building y The Galeries Victoria. Durante los meses que viví en Sydney, ciudad súper cosmopolita, también estaba rodeada de naturaleza: alquilaba una casita en Bondi Beach con un surfer australiano donde desayunaba todos los días respirando el prana del mar, y en mis días libres me iba a recorrer otras playas, parques nacionales y acantilados.

El Otro Viaje

A mi vuelta a Buenos Aires, en mis peores épocas de crisis de ansiedad, una vez un psicólogo-astrólogo me dijo: “Si seguías viajando por el mundo exterior sin nunca ocuparte de tu interior, hacé de cuenta que el pánico y la ansiedad fueron la mejor manera que tuvo Dios para que no puedas salir ni a la esquina  y ayudarte a que ahora hagas el viaje de exploración por tu universo interno completamente desconocido”. Y así fue. Sin opciones, tuve que recalcular el viaje hacia lo inexplorado.

El inconsciente me había pateado la puerta sin pedir permiso y de la peor manera por la frustración de no poder viajar más. Pero la ansiedad terminó siendo una gran maestra obligándome a revaluar con qué valores me iba a reinventar. Fui dejando atrás el egoísmo, la competencia, la ambición absurda materialista, para rediseñar cimientos nuevos de una persona diferente, sensible, vulnerable y con prioridades de vida tranquila en multicolores, autorespeto, confianza y la gratitud como nuevo hábito. Y sobre todo, la construcción de seguridad interna con la certeza de que soy mi propio refugio, mi propio continente, mi propia seguridad, y mi propio campo de conciencia. Este sentido de seguridad interna me ayudó, y me sigue ayudando, a atravesar los desafíos del drama de todos los días. No importa cuáles sean las dificultades ni las circunstancias. Puedo cuidar de mí misma sin dejar de sonreír.

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Trastorno De Déficit De Naturaleza

La ansiedad es multi-causal. Siempre hay varias causas que la generan. Pero creo que una de las más importantes es la desconexión con la naturaleza. Vivimos en una inconsciencia ecológica. Después de recuperarme de mis trastornos de ansiedad, pude volver a viajar y conocí China.

En Shangai, una ciudad que te abruma de tecnología, rascacielos, modernidad y un futurismo impresionante, visitando la ciudad antigua pude ver con mucha claridad el contraste de la ciudad moderna que te agobia y desconecta generándote un déficit de naturaleza. En el interior de China, lo confirmé al sentir el alivio y la paz milenaria sembrada en los campos de arroz, y percibir lo desconectados que estamos de la naturaleza, de los otros y de nosotros mismos.

Creo que necesitamos un shot de biofilia. Ese sentido de conexión con la naturaleza y con otras formas de vida. Experimentar el amor a la vida y el mundo de los vivos. Un amor innato por el mundo natural para interactuar con otras formas de vida en la naturaleza.

Es la separación lo que genera tanto sufrimiento, soledad, aislamiento y hostilidad. Reconectar y restaurar la conexión con la naturaleza, es una necesidad enorme y la oportunidad de una vida en sincronicidad con la intuición, y creatividad con una nueva conciencia pacífica.

La oportunidad de transformación para cuestionarnos esta cultura de consumo destructivo, desamor, destrato virtual de múltiples pantallas y reconocernos como aliados ecológicos.

Como canta la islandesa Björk en “Moon”, de su álbum Biophilia:

La mejor manera de empezar lo nuevo es fracasar miserablemente.

Fallar en el amor y fallar en dar.

Fallar en la creación de un fluir, volver a realinear el todo.

Arriesgarlo todo es el final de todo y el comienzo de todo.

Video: https://www.youtube.com/watch?v=orDHGcMk9Ps&list=PLsZgcodp9g2T67bigxPg9UcLNF0OxatkY

 

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