VIAJE A LA AMAZONÍA

Entre monos que saltaban en los árboles, perezosos que colgaban inmóviles, iguanas que nadaban acompañando el bote, nos adentramos en la amazonía peruana por el crecido Río Ucayali. Había algo que nos impulsaba a movernos dentro de la selva, en tiempos donde en el tercer mundo la telefonía móvil no era lo que es hoy, había que dejarse llevar. El mapa lo tenía Pituco en su cabeza.

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Perezoso haciendo lo suyo

Habíamos decidido que las provisiones serían las justas para 3 días de navegación en peque-peque, un bote con motor fuera de borda. Varios juanes, bastante mapacho para fumar, arroz, palta, fruta y agua.

 

En época de lluvia en la amazonía llueve de verdad. Llueve sin viento, de a ratos, pero fuerte. Fuerte e intenso, como todo en la selva, como el tabaco del mapacho, como la liana del ayahuasca, como la mordida de piraña.

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El Capitán del bote: Pituco

Después de navegar unas 4 horas llegamos a nuestro primer acampe. Una familia shipibo, que nos recibió con un coco de regalo. Pasaríamos la noche allí, llamando lagartos a la vera del río. No creíamos que estos bichos pudieran comunicarse. La incredulidad y esa arrogancia con la que uno anda, se caen a pedazos cuando de la selva te responde un lagarto. También asusta. Cenamos unas pirañas y plátanos fritos. A la hora de los mosquitos nos tuvimos que ir a dormir.

Al día siguiente, navegamos unas cuantas horas. Tristeza de ver cantidades de troncos amontonados flotando en el agua, esperando ser transportados por barcos gigantes que se llevan el Amazonas. No es cuento, la cantidad de madera que vimos transportada impresiona.

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Perdidos en la selva amazónica

Llegamos después del mediodía a otra orilla. Nos esperaba otra familia shipibo. Más humilde, tal vez por lo alejado que estábamos ya del pueblo más cercano. Nos bañamos en el río, nos sacamos un poco la mugre. Ante la sorpresa de que, hace unos años, a no sé qué pariente se lo había llevado la anaconda, decidimos salir. Ya estábamos limpios y no queríamos perturbar a nadie… Hicimos una caminata por la selva. Según Pituco, nuestro guía experimentado, la selva te cambia la energía. Debíamos estar abiertos a recibirla. Húmedo y caluroso, no había casi aire. Silencio total. Ruido de la huangana -manada de chanchos salvajes-, y nada más. La serpiente camuflada. Los monos alertas. Silencio.

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Atardecer de verano en la selva

Volvimos al rancho. Sufrimos varias picaduras de mosquitos. En la selva, los insectos son gigantes, como los árboles, como las aguas. Se hizo la hora de la cena. Arroz, huevos, plátano frito. Y la hora del trago: un “siete raíces”, áspero. Entre el alcohol y el gusto amargo, el señor y la señora del rancho, nos contaban sus experiencias con ayahuasca. No hablaban muy bien nuestra lengua. Pero pude entender que habían podido hablar con su “tata”, y había resultado tranquilizador. Piel de gallina, noche cerrada. Ruido de selva. Dormimos soñando bajito. Cansados, porque la selva nos había dejado livianos.

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Nuestra casa en la selva. Pioneros del coachsurfing.

A la mañana siguiente, dejamos como obsequio mapacho, arroz, y cartuchos de escopeta, que por suerte no habíamos tenido que usar. Regresamos navegando con lluvia. Tranquilos, despacio. Como sucede la vida a orillas del Amazonas.

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