HACIA EL UNIVERSO DESCONOCIDO

Después de un largo camino de gravedad sobrevolada, aterrizamos en Kathmandu. La percepción de nuestra materia corpórea busca alinearse con el tiempo espacio. El aire fresco que respiramos es tan lejano como la información que se manifiesta a nuestro alrededor. Colores, temperatura, luces. ¡Eso!, luces, y también sombras. Es que tras atravesar el justo y necesario aeropuerto de la capital de Nepal, vivenciamos la intermitencia de su provisión eléctrica.

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Visitando Swayambhunath Stupa, conocida como Monkey Temple. Kathmandu, Nepal.

Las siluetas que visualizamos se definen a través de los faros de los autos. Olvidamos por un momento las luces urbanas cotidianas –que se desplegarían en aeropuertos también cotidianos– y escuchamos que algunas de ellas nos invitan con sus voces. En eso, un “Madame, Madame! Taxi!!” nos convence.

El señor que me llamó Madame, no es el mismo que conduce el furgón gris con pintas de óxido y el acompañante que se incorpora al viaje mientras conversa con el conductor, tampoco había participado del intercambio con el “Madame” inicial. Decimos sí a lo desconocido, cargamos nuestras mochilas y nos ubicamos en los asientos.

Es casi medianoche, sin reserva previa en algún alojamiento, pronunciamos el conocido barrio mochilero con nuestra mejor versión fonética posible y hacia allí pedimos que nos lleve. Una vez el motor inicia su movimiento, la voz de mi novio me, y se, consulta, “¿es seguro esto?”. Con una expresión no oral, respondo, “creería que sí”.

Presente y sostenida es la ausencia de las luminarias citadinas habituales. Durante unos minutos avanzamos por una recta asfaltada que podría entenderse como una avenida. En algún momento del recorrido el “Madame”  volantea y desvía hacia un laberinto de callejones de tierra, angostos, oscuros, y luego a otros, más estrechos y misteriosos. En eso mi novio me pregunta a mí y después al “Madame”,  “Where?!!”. Él, responde a la pregunta (¿sonido?)  con un balanceo de cabeza, avanza unos metros más, apaga el motor a mitad de una callejuela y se bajan los dos de la furgoneta.

Nos miramos con mi novio, los ojos se dilatan, el cuerpo se alerta, el pulso se acelera. Desconocido. Muy desconocido.

Abren el baúl y bajan un bulto entre los dos, el acompañante entra a una casa y el “Madame” vuelve al volante, cierra la puerta y enciende el motor.

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Algunas de esas calles a la luz del día. Kathmandu, Nepal.

Atravesada la entrega al universo desconocido, volvemos a pronunciar el barrio, salimos poco a poco del embrollo vial –y mental– y hacia allí nos lleva.

A las pocas horas, la oscuridad digna de ese cielo al revés, devino en luz solar y humana. Rápidamente se expandió mi confianza y gratitud de poder estar allí. La energía de sus mantras resonantes, la calidez de sus sonrisas y miradas, harán sonreír a mis fibras más íntimas, cada vez que los evoque.

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Recorriendo Lumbini, ciudad de nacimiento de Buda. Nepal

Así sucedió nuestro contacto inicial con Nepal, osado, incógnito.

Estar disponible al vértigo de lo lejano, a la posibilidad de reinventar mis ideas forjadas en otro entorno, decir sí a eso que es inaudito, o tal vez ignorado hasta ese momento,  y deslumbrarme con las vivencias que van aconteciendo, es uno de los mayores placeres que experimento en cada recorrido.

Namaste.

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Camino a la Base del Annapurna, centro de la cordillera del Himalaya.

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