DE “LA MANO DE DIOS” Y OTRAS YERBAS

Uno de los primeros “te amo” que recuerdo de mi novio fue en la cancha de Independiente, tras putear con todo el alma al arquero de Boca de ese momento. Los dos compartiendo la misma pasión, por el mismo equipo, los mismos colores. Porque esto de que el fútbol es exclusividad masculina ya pasó de moda.

Era lógico entonces que uno de los primeros fines de semana libres luego de toda la mudanza, tuviéramos agendado ir a conocer el Estadio Azteca. Si bien no tuve la suerte de ver a Argentina campeón de un Mundial y él tenía tan solo meses, los dos conocemos los goles que nos llevaron a la gloria en el ´86, al igual que la mayoría de los argentinos futboleros de nuestra generación. Y por eso no podíamos dejar de pisar ese mítico estadio y conocer su historia.

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La cancha donde vimos la gloria.

Si te emociona ver a Messi jugando, si alguna vez lloraste al ver a tu equipo campeón de cualquier copa, si sufriste con los promedios cuando se estaba yendo a la B (hinchas de Boca abstenerse de comentarios al respecto), si disfrutás del ritual de ir a la cancha con todo lo que implica, definitivamente una excursión por el Estadio Azteca es un recorrido obligado si estás por la ciudad de México.

Nosotros fuimos temprano porque los fines de semana cierra a las 14 horas, pero en la semana está abierto hasta las 17. El recorrido es corto y se llega rápido en auto, metro o autobús. La visita guiada cuesta aproximadamente 120 pesos mexicanos (no soy buena con los números pero algo así como 110 pesos argentinos) y hay recorridos cada media hora, o hasta que se junta un grupo considerable de gente.

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Desde la tribuna.

En la entrada nos recibió un argentino de Mataderos con la camiseta de Boca que resultó ser el guía; no podía sentirme más local. El tour consiste en recorrer las placas y homenajes principales, la sala de prensa donde están todos los equipos que jugaron en el estadio en diferentes torneos (foto con el escudo del Rojo, obvio), el vestuario del América, que es el equipo mexicano que juega allí, y finalmente la cancha y sus tribunas.

Y acá es donde sucede la magia. Aclaro que no soy fanática de Maradona para nada (tema de polémica que no viene al caso)  pero escuchar a todos los mexicanos relatar a la perfección los goles del “barrilete cósmico” te pone un poco la piel de gallina. Pisar el estadio donde levantamos una copa es algo más: todo el nacionalismo que siempre niego tener, de repente se me vino encima y no pude evitar inflar un poco el pecho. Creo que es parte de eso inexplicable que tiene el fútbol. Solo sé que esa mañana me sentí orgullosa de pertenecer a la albiceleste.

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