VARANASI, ESE RECUERDO DE LO OCULTO

En calles arrumbadas, como dibujadas por azar, aparece Varanasi. La ciudad acariciada por el río Ganges. Es un lugar de India muy particular… Pienso, si se puede decir, que aquí se enseña o se aprende a morir.

Es tan fácil perderse dentro de este enjambre de calles finitas, con espacio para no más del anca de una vaca.

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En Varanasi existen, como mínimo, dos tiempos bien marcados. El de las motos y los tuk-tuk, que hay que esquivar a cada paso. Y el de la vida al lado del Ganges. Un río sagrado… y contaminado. Parece que no se moviera, como si la suciedad que lleva lo hiciera denso y pesado. Un río contaminado. Eso es lo único que ves – o entendés- con la cabeza occidental que uno lleva puesta. Hasta que verdaderamente te adentrás en Varanasi. Te empezás a empapar de su vida diaria. Y te acostumbrás a que entre un chai callejero o un rico lassi, pasa una procesión cantando y llevando un cuerpo -que con suerte va tapado y envuelto- hacia la costa del río para que tenga su paso al más allá. Si lográs no atragantarte con lo que estás bebiendo, seguramente te den ganas de curiosear qué es lo que pasa.

Algo que en principio no se entiende. Pero claro, a Varanasi no hay que entenderla, hay que vivirla. Mezcla de morbo, humos sagrados y mística, al caminar se sienten olores familiares como el de carne quemada. También se te pegan en tu cara las cenizas de las miles de personas que diariamente se alejan con el viento. Sí, así de crudo todo.

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Aquí se viene a morir. Pero también a vivir. Es uno de los lugares sagrados del hinduismo. Vienen a purificar su karma, a bañarse en el Ganges, y dejar las plegarias a Ganga. A dejarse convencer o no por algún falso gurú -o tal vez alguno verdadero-. También vienen a cortar con su ciclo de reencarnaciones al dejar sus cenizas en el río. Impresiona. Nos cuesta entenderlo.

Incluso en medio de estos rituales, el turismo se hace presente: la posta es verlo desde el río -y la oferta de los cazaturistas es insoportable-. Pero es cierto. Desde allí se puede ver ese mar de fueguitos -del que hablaba el hombre de Neguá- y piras funerarias que le dan al ambiente un aire nostálgico y de sacralidad también.

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Pero, para tu cabeza occidental, hay cosas que son difíciles de digerir. Y no hablo sólo de las comidas picantes de la India. Hablo de ver los cuerpos flotando, chocando contra la orilla de las escalinatas -o los Ghats como lo llaman allí-. Lo que a nosotros nos roba el aliento y nos deja petrificados, para los lugareños es normal. “Esa persona seguirá reencarnando”… te dicen. La vida sigue… alrededor de un cadáver en el río… como si nada. Personas lavándose los dientes, otras bañándose y unas cuantas enjuagando ropa. Tal vez sea gente reencarnada que ya no se asombra de lo sucedido.

Lo cierto es que el ciclo que termina con la muerte sucede delante tuyo. Varanasi te muestra lo que otros ocultamos. Te recuerda que ahora estás aquí, en este lugar y en ese momento.

Bajás las pulsaciones. Respirás profundo. Exhalás. Varanasi se queda en tu cabeza por un tiempo.

– Maximiliano Zega

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